Yace
en mis manos la sangre del ajeno que en el he culminado tanto odio en mis
últimos días. No supe soportar el clamor que expandía mis pulmones mientras que
mis puños remataban el cráneo de el, sin piedad y con risa diabólica
descontrolada.
Las
sirenas sonaban en tan hermosa melodía pero era la crucial señal de escapatoria
de mi acto demente y aterrador. No pude parar de correr, me sentía un perro con
rabia con deseos de ir tras más carne fresca. No contenía las ganas de matar, explotaron
mis neuronas intelectuales ¡Estoy arto de sentimientos y esclavitud!
He
visto a tan bella señorita de virgen mirada y desnuda postrado bajo la lluvia
con la rosa de espinas dañando tan frágil mano que la sostenía con tan fría
aflicción que por los estímulos rasgados no dormían las razones. De cabello
largo, liso y negro. De labio gris, ojos celestes, de aroma a rosas muertas y
pies tan blancos y fríos que asta yo lograba sentirlo.
Mi
sed de sangre se calmaron y mis manos tambaleantes se cansaron mientras que mi
alma en llamas se extinguía. Mi pupila ya era diminuta pero me traspaso el espíritu
de un Dios que logro que una simple lagrima se librase de mi ojo al contemplar
un poema en forma y carne de mujer pálida y delicada. Era un ángel, creía que
no existían, que solo era un cuento de hadas para niñas. Nunca había llorando
tanto desde que era una pequeña criatura que caminaba.
Algo
se apodero de mí. La sirenas se acercaban mas y mas asta que me derrumbaron
contra el suelo y al subir mi cabeza para verla por ultima vez, esa bella forma
celestial y tan divina que espanto a todos mis miedos; ya no estaba, desapareció
pero fue lo mas increíble y hermoso que pude apreciar.

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